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Especial de la Semana

Mi hijo, el programador

Por Sergio Candelo


En general, tendemos a elegir profesiones que conocemos (por nuestros padres, amigos o información pública). Qué queremos estudiar es una elección que hacemos individualmente con la información que cada uno cuenta, que puede ser mucha o poca. Hay profesiones más “glamorosas” y otras que se ponen de moda. Ser futbolista profesional es el anhelo de casi todos los chicos de nuestro país, otros elegirán ser youtubers.

Hoy por hoy el 35% de los recibidos son abogados o contadores (algo menos de 40.000 al año), mientras profesiones como ingenieros en petroleo solo son 5.

Este contexto es sin la intervención estatal. Cada persona, por motus propio, decide que estudiar. Pero, ¿es esto una combinación de profesiones que se relaciona con las necesidades del país?

Las necesidades del país, también tienen que ver con la matriz productiva, que determina la oferta de empleo. Y la matriz productiva con la demanda agregada. Las políticas económicas que tome el Gobierno de turno como conductor del Estado delinean esa matriz. Entonces, las políticas públicas y los incentivos a que estudiar o qué profesión elegir están muy vinculados.

¿Hasta donde debería intervenir el Estado en la elección de las profesiones que elijan la personas? ¿Cual es el límite de intervención aceptado? Como ejercicio intelectual, supongamos un país donde todo el mundo quiere ser “payaso”. No habría policías, maestros, médicos, legisladores, operarios… En ese caso, la sociedad como un todo pediría a gritos cierta regulación o intervención de las decisiones individuales porque la suma de cada parte da un resultado no deseado para el conjunto. Por lo tanto, en determinadas circunstancias, las libertades individuales deberían ceder algo ante las necesidades de toda la sociedad.

Nuestro país tiene unos 10 millones de personas en el mercado laboral en blanco, 65% del empleo es privado y 35% publico. Los mayores empleadores son: las Administraciones Públicas Provinciales, con 2,3 millones de personas; los Servicios con 1,5 millones  y la Industria Manufacturera con 1,2 millones.

Mientras tanto, la industria del software genera empleo para 100.000 personas cada año. Es un buen número, es cierto, pero pequeño comparado al  potencial. Hoy hay un promedio de 4000 puestos por año insatisfechos en la industria del software.  En una época donde “todos los negocios serán de informática”, la demanda mundial por servicios de tecnología es prácticamente infinita.

El salario promedio de la Industria del Software es 38% mayor al salario promedio. Además, este tipo de empleo no es precarizado; genera trabajo genuino, demandado en nuestro país y en el mundo. La transformación digital de la economía plantea nuevos desafíos. Cada vez más profesiones serán reemplazadas por máquinas y robots. Entonces, ¿de qué vamos a trabajar?  La respuesta es obvia: tecnología y conocimiento.

Frente a todo esto, el Estado debería apostar a ganador y colaborar fuertemente en capacitar, difundir y valorizar las profesiones del conocimiento. La nueva industria sin chimeneas.  

Argentina tuvo dos paradigmas que la hicieron grande en su momento que podemos extrapolarlos con la situación actual. Por un lado, el modelo exportador de productos agrícolas de finales del siglo XIX debería replantearse como el modelo exportador de servicios basados en el conocimiento. Por el otro, la gran ascendencia social fue la posibilidad de tener educación accesible a toda la sociedad y que la frase: “mi hijo el doctor” se transforme hoy en “mi hijo el programador”. Hay que pasar de ser el granero del mundo a ser el conocimiento del mundo, con todo el valor agregado que ello implica. Solo pensemos, que si de los 10.000.000 de empleados formales que tiene hoy Argentina, pudiéramos lograr que 1.000.000 se dediquen a actividades tecnológicas y de servicios del conocimiento, qué diferente sería la matriz salarial y productiva.

Necesitamos apoyo de todos los sectores de la sociedad para generar esta transformación. Pero el puntapié inicial, sin dudas debe provenir del Estado, para que el trabajo en tecnología sea deseable, viable y genere un verdadera revolución de trabajo y crecimiento.

*Sergio Candelo, COO de Snoop Consulting.

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