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Especial de la Semana

Máquinas de vapor, pañales descartables y pizarrones

Voy a discutir la idea geek de que “la tecnología cambia nuestras vidas”. 
Y voy a tratar de mostrar que nuestras vidas cambian a la tecnología. Aunque a veces la tecnología termina cambiando nuestras vidas. Parece contradictorio, pero no lo es… 
Arranco por el principio. 

La revolución industrial del siglo XIX se basó en la máquina de vapor patentada por Janes Watt en 1769. Sin embargo, la misma máquina de vapor podría haber sido inventada uno y hasta dos siglos antes, dado que sus principios científicos son anteriores a su existencia: principalmente, la física de Galileo. De hecho, antecedentes de esta máquina ya se registran desde el siglo I de nuestra era, siendo que la producción industrial a gran escala se produjo ¡1800 años más tarde!

Este es un ejemplo más para entender que las tecnologías son relevantes sólo si las sociedades y las personas que en ellas habitan le dan un sentido determinado. En este caso, se necesitó un actor social –la burguesía inglesa del 1800- que tuviese un interés económico y político en expandirse mundialmente produciendo mercancías masivamente. Y fueron estas relaciones sociales las que le dieron a la tecnología un uso y una dimensión antes desconocida.

La idea de que la tecnología es la que cambia por sí misma nuestras relaciones sociales es muy pobre, muy incompleta. Son los intereses y las identidades en ciertas épocas las que se apropian y promueven algunas tecnologías (y no otras) para dar cuenta de sus objetivos y sus formas de vivir

Algo parecido a la máquina de vapor pasó con los pañales descartables. Los primeros aparecen en Estados Unidos después de la segunda guerra mundial cuando el algodón escaseaba y muchas mamás usaban complementos de papel o plástico que podían descartarse. Esto fue incluso probado comercialmente en ese momento, pero no fue sino en los años setenta donde las personas coemzaron a aceptar la nueva tecnología, paralelamente a la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y el auge de los discursos que la liberaban del “yugo” de las tareas domésticas y la crianza de los hijos. 


No olvidemos la publicidad de pañales Mimitos, en la que una pareja joven y moderna decidía “por penales” y en el medio de la noche, quién de los dos iba a cambiar al bebé. Algo así hubiera sido insultante a la imagen de familia unas cuatro décadas antes. Y ese cambio de mentalidad en el que una mujer le dice al varón “cambiale vos los pañales a nuestro bebé que yo sigo durmiendo” no lo produjeron los pañales descartables: al contario, son las transformaciones en las familias las que se apoderaron de esa tecnología preexistente.

Las tecnologías cambian nuestras vidas sólo en lo que las pueden cambiar. Nadie cambia porque sí en cualquier momento: podés tener a mano la máquina de vapor pero sólo la vas a usar, y su uso va a cambiar muchas vidas, cuando la vida de la gente pida ser cambiada. No es muy cool decirlo pero las tecnologías forman parte de relaciones de poder.

Estos pocos ejemplos permiten entender mejor por qué algunas cosas cambian y algunas otras todavía no. 

Ahí tenés a las escuelas de todo el mundo, que se parecen cada vez más a sí mismas. Pueden tener proyectores de pantallas de computadora en lugar de pizarrón, pero su organización central permanece inalterada desde el siglo XVII: un docente que ocupa el lugar del saber, que enseña un contenido a un mismo grupo de alumnos de la misma edad, de similar nivel de dificultad para aprender y que ocupan el lugar del no saber. Vean imágenes de cualquier curso en escuelas de Singapur, Corea del Sur, Inglaterra, Ghana o Bolivia: la disposición de las mesas, las sillas el escritorio del profesor, etc. tienen diferencias imperceptibles a pesar de grandes distancias culturales, políticas y económicas entre los países.

Muchas personas opinan que este parecido entre las escuelas del mundo es una especie de anomalía que se produce porque los educadores son resistentes al cambio o porque las autoridades educativas de los países son muy conservadoras y no invierten en tablets o en metodologías educativas basadas en las neurociencias. 

Quienes sostienen la idea de que “la tecnología” va a cambiar a las escuelas no terminan de comprender lo básico:  la escuela es una tecnología ella misma, una tecnología muy poderosa que se mantiene estable desde hace 300 años y que ha contribuido de manera fenomenal a que la mayoría de la población mundial esté alfabetizada, por primera vez en la historia de la humanidad

Por supuesto que las escuelas van a cambiar y sus formatos organizacionales migrarán a otras formas de tecnología pedagógica.

¿Cómo serán? Algo intuimos desde Pansophia Project, y seguimos trabajando para consolidad escenarios futuros en un mundo sin escuelas: nuevos y hasta ahora desconocidos actores sociales promoverán nuevas formas de educación

¿Cuándo?  No lo sabemos. Pero ya hay indicios de lo nuevo en muchos lugares del mundo.

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