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Especial de la Semana

Los bicivoladores

Por Facundo Álvarez Heduan

El 16 de abril se cumplieron 75 años de un viaje que cambió la historia del estudio y la exploración de la conciencia. 


En 1943, el químico suizo Albert Hofmann estaba trabajando con diferentes compuestos en su laboratorio cuando de repente tuvo un accidente muy particular. Una de esas sustancias, la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) −que había sintetizado él mismo 5 años antes y a la cual no le había dado mucha bola−, había ingresado en su organismo a través de la piel (o los ojos, el relato es confuso) y lo estaba haciendo sentir un poco raro.

Motivado por su curiosidad, tres días después decidió ingerir una dosis más alta (250 microgramos más precisamente, lo cual hoy sabemos que es una cantidad enorme). A los 40 minutos comenzó a sentirse mareado, un poco ansioso, con distorsiones visuales y un deseo intenso de reír. Como se sentía extraño, le pidió a su asistente que lo acompañara hasta su casa y como en esa época había una restricción en el uso de autos, salieron en la bicicleta (que, aunque relata que la pasó bárbaro, no es la mejor idea, hay que decirlo). Ese viaje cambió la vida de Hofmann y de muchos más, iniciándose así, ahí, la exploración y el estudio de una de las sustancias más interesantes que conocemos.

75 años después, a pesar de tener demostradas aplicaciones en investigación científica y tratamientos en psiquiatría, y de ser una sustancia mucho más segura desde todo punto de vista que tantas otras que hoy están permitidas y hasta fomentadas, el LSD se encuentra, desde los ‘70, prohibido dentro de la categoría más extrema, junto a sustancias terriblemente adictivas como la heroína y la cocaína (dicho sea de paso, la marihuana también se encuentra, increíblemente, dentro de esa categoría).  

Este Día de la Bicicleta es un gran momento para recordar lo mal que estamos haciendo las cosas en términos de políticas de drogas:

1) A pesar de la enorme pila de evidencia científica existente que indica que la ‘guerra contra las drogas’ es el peor camino para abordar los problemas asociados a algunas sustancias dado que no sólo no resuelve estos problemas sino que los empeora e incluso genera muchos otros, la mayoría de los Estados continúan apoyando esa dirección. Se sigue estigmatizando, reprimiendo y criminalizando el uso de muchas sustancias psicoactivas (de las cuales varias presentan menos daños asociados que drogas legales como, por ejemplo, el alcohol y el tabaco), y se siguen limitando las libertades individuales y arruinando las vidas de miles de personas (o incluso asesinándolas, como en el caso de Filipinas). Se entiende el problema como un asunto de Seguridad en vez de priorizarse como un problema de Salud Pública. Donde quizá no había un uso problemático de sustancias, ahora hay uno legal. Y si existe un problema de abuso de sustancias, el Estado no sólo no suele estar preparado para ayudar sino que, además, considera al consumidor ante todo un delincuente. Para darnos una idea de la gravedad del asunto, en Argentina cerca de la mitad de las causas por violación de la Ley de Estupefacientes (23.737) es hacia consumidores.

2) Hay una inconsistencia escandalosa en la legislación de las diferentes sustancias. Drogas legales como el alcohol o el tabaco, por ejemplo, que generan adicción y daños a consumidores en magnitudes monumentales, están no sólo permitidas sino promovidas a través de la publicidad e incluso son impulsadas por el propio Estado (tenemos celebraciones tradicionales que son una oda al alcohol). A la vez, están prohibidas otras sustancias como el LSD, mucho menos riesgosas y con grandes posibilidades de ser usadas en investigación científica y terapéutica.

3) El enfoque prohibicionista y la Guerra contra las drogas (deberíamos decir, contra algunas drogas) genera un mercado negro enorme que fomenta el crimen y la corrupción política (sólo en México en los últimos 11 años van más de 170.000 muertos y decenas de miles de desapariciones que les podemos adjudicar a estas políticas), lo cual afecta principalmente a los sectores más vulnerables. Esto ya lo sabíamos por los tiempos de la ley seca en EE.UU, pero lo seguimos aplicando.

4) Al ser un tabú (y al no tener las políticas sobre sustancias ningún tipo de consistencia o fundamento racional y creíble), la educación sobre drogas se basa en el miedo y no en una discusión honesta sobre sustancias y adicciones. Si queremos revisar otro ejemplo de lo mal que hicimos las cosas antes, podemos tomar el caso de la educación sexual y recordar los efectos negativos que tuvo (y sigue teniendo) una visión abstencionista y moralista a la hora de educar.

5) Al estar en manos del mercado negro, no hay ningún tipo de regulación ni control sobre las sustancias. Las personas no saben lo que ingieren y terminan consumiendo, muchas veces, sustancias más peligrosas que las que buscan. Además no pueden saber las dosis, lo cual aumenta considerablemente el riesgo de sobredosis y complica la asistencia (porque el médico no conoce el origen de la intoxicación). Con respecto a esto, existen muchos casos de tragedias que se podrían haber evitado, incluyendo casos locales como la Time Warp de 2016 o el show de Cattaneo en Córdoba el año pasado.

En esta fecha tan importante para la historia de la ciencia, para la farmacología y el estudio de la conciencia, sigamos dando voz a los científicos y expertos en estos temas, y a una sociedad que de a poco se da cuenta de que algo huele muy raro. 

Seguimos sosteniendo una moral y una política no sólo inconsistentes, represivas e injustas, sino absolutamente ineficientes. Continuamos limitando la libertad de quienes deciden utilizar una sustancia con el fin de vivir una experiencia placentera o trascendental, al mismo tiempo que los consideramos criminales y los empujamos a la oscuridad del mercado negro. Seguimos entendiendo como delincuentes a personas que generaron una relación problemática con alguna sustancia (que difícilmente sea el LSD dado que su capacidad de generar adicción es muy baja y, de hecho, se está estudiando en terapias contra adicciones). Y estamos dificultando que los científicos investiguen herramientas muy prometedoras tanto para los estudios sobre la naturaleza de la conciencia como para tratar muchas condiciones psiquiátricas.

Charlemos más, que la única forma de terminar con una política que genera tanto daño, que arruina la vida de personas y entorpece el estudio de herramientas que podrían mejorar la vida de tantas otras, es con más ciencia y más información, empujando conversaciones abiertas y honestas sobre estos temas.