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Opinión

Lilita o la perversión de una tía bonachona

Por Alejandro Fidias Fabri

La semana pasada fui a comprar crema de leche al supermercado chino. Estaba en la góndola revisando los precios y tomé una que costaba $ 40. Justo se puso el chino a ordenar esa góndola. Le mostré la crema y le dije “¡40 $ es carísimo!”. El chino me miró y me respondió con paciencia oriental: “Llevala ya porque estoy remarcando la góndola y ahora va a costar $ 50”. Le agradecí por el dato y me fui contento por haber pagado un buen precio.  Me pregunté qué pasa con la moneda que lo que en un instante resulta caro, pasa a ser barato en el instante siguiente.

Y esta situación me llevó a pensar en el marco psicótico en que se desempeña la sociedad argentina: hoy, con cuarenta monedas de un peso compro un bien, segundos después serán necesarias cincuenta monedas. O sea, la moneda, bien de mediación que tiene grabada la frase $ 1, es relativa, es líquida. Y en su lugar, la moneda pasa a ser las infinitas percepciones de valor de los infinitos bienes. Lo que vale es lo relativo, lo variable, desaparece el valor trascendental de $ 1. Es una moneda escindida, una moneda que siempre dice lo que no es, lo que no puede comprar, el poder que no tiene. Inmediatamente me pregunté síntoma de qué es esta situación. Y esto me llevó a pensar en el matrimonio bien malavenido de Macri y Carrió.

Pensemos en el vínculo de Macri y Carrió como si fuera un matrimonio mal avenido. Contiene el doble juego de ser un matrimonio -supuestos socios políticos- con el matiz de Lilita irrumpiendo esporádicamente el clima con planteos catastróficos. Ya el vínculo exhibe una dinámica perversa. Y agreguemos el constructo difundido de llamar “Lilita” a Elisa Carrió. Esta operación impide y obtura el desarrollo conceptual de pensar a Elisa Carrió como una funcionaria que lleva viviendo de la política por más de 25 años, en un país que a la par se fue degradando. Y es originaria y funcionaria durante varios años del Chaco, una de las provincias con mayor índice de pobreza del país. Llamarla Lilita es como un edulcorización de su esencia, es como si fuera la tía bonachona y no la hábil política que sobrevive a cualquier desastre político. Y en el otro rincón de un mismo cuadrilátero está Macri, un presidente de 40 millones de habitantes que se (des)conecta con el pueblo desde un fallido lado instrumental. Es una suerte de padre distante.

Ahora pensemos en la estructura propia de una república: los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial funcionando como ejecutores de sus responsabilidades y como contralores cruzados. Desdibujada por los actores esta representación, veamos nuestra realidad: Lilita confronta a Macri como si fuera una especie de sinécdoque, como si ella representara a todo el Poder Legislativo y a todo el Poder Judicial frente al Poder Ejecutivo. La traducción sería: pagamos miles de millones de pesos en sueldos de funcionarios, y toda esta dinámica se resume en dos sueldos: la tía bonachona que confronta con el padre distante (y timbreador).

¿Qué pasa con los hijos de semejante matrimonio? Obviamente si cometemos el desliz de considerar que como pueblo somos hijos gobernados por semejante matrimonio (pero bien mal avenido), no podemos evadir el lugar de ser síntoma de esta desavenencia. ¿Y qué significa ser síntoma de los conflictos de la patológica pareja parental? Simplemente el ser inconscientemente impulsores de un contexto en el que nada es lo que dice ser. Y si bien podemos empezar por la moneda, podemos seguir con una república que se dice república, pero no opera como república; una diputada que supuestamente defiende los valores republicanos y termina salteándolos; un poder ejecutivo cuya cercanía con el pueblo se resume en alguna esporádica timbreada y, una Lilita que sistemáticamente devalúa y castra a la distante figura paterna del presidente. 

¿Qué nos deja esta patológica dinámica? La angustia de tener padres que no solo no nos contienen sino que también nos hacen cargar con una culpa y una angustia: es por nuestra culpa que llegamos a esta situación y ahora debemos hacer sacrificios para compensar los supuestos disfrutes que tuvimos. El mensaje es que el disfrute debe ser castigado, no es posible un pueblo que disfrute. Y el castigo es que además de tener padres que se creen padres fundacionales pero que no operan como tales, debemos tener todo el sistema regido por un valor que dice lo que no es. Y ahora entiendo como yo mismo fui agente de la inflación cuando rápidamente me llevé una crema que me costó $ 40, y me fui feliz por ser un buen psicótico. Fue mi aporte al síntoma. Tendré que hacerme cargo de que seguramente me quepa alguna responsabilidad en la tan perversa dinámica política, y quizá mi sintomática responsabilidad sea tan solo la de comprar una crema de $ 40.


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