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Opinión

La inflación está en tu mente (para dummies)

Por Martín tetaz

Para cualquier persona que haya estudiado como funciona un programa de metas de inflación, la afirmación es obvia; todo depende de las expectativas. Para el público no especializado un comentario como este puede parecer sin sentido, o peor aún, activar la representación mental de una morsa.


¿Como funciona un programa de metas de inflación?

Una de las primeras cosas que se aprende en un curso de Economía es que el gobierno puede fijar los precios (precio máximo, por ejemplo) o las cantidades (cuotas de importación, por ejemplo), pero que nunca puede al mismo tiempo fijar precios y cantidades.


Cuando la gente escucha que un programa inflacionario es de corte monetarista, lo habitual es que piense que el gobierno controla la cantidad de dinero, o, dicho de otro modo; que emite menos.  

Pero el programa de metas de inflación no funciona con esa lógica sino al revés; el banco central controla el precio, fijando la tasa de interés y la gente elige de manera libre cuánto dinero demanda a ese precio, para hacer sus eventuales transacciones y con fines de ahorro. Aquí no es la emisión la que genera la inflación, sino que el aumento del dinero en el mercado (por cualquier vía) convalida la inflación que los actores de la economía tenían en la cabeza cuando formaron los precios.

De manera que, bajo un programa de metas como el actual, la clave para bajar la inflación está en quebrar las expectativas de esos actores y lograr que todos esperen menos inflación a futuro.

En una economía donde la gente no espera inflación es más difícil hacer contratos con aumentos nominales, porque esa plata extra tiene que salir de otros consumos; cualquiera que aumenta un precio en una economía con estabilidad, sabe que venderá menos y que si, aun así, el gasto de los consumidores en ese bien aumenta, necesariamente deberá bajar el presupuesto que esas familias destinan a otros bienes.

Nadie en la Argentina del 2005 ni tampoco en la de los 90, ponía una cláusula de ajuste automático de alquileres del 25% por año, ni tampoco a los gremios se les ocurría parar, si no se les daba un 20% de aumento.

Tampoco en una economía sin inflación, los consumidores convalidarían aumentos de precios de esa magnitud en la góndola del supermercado. Si le siguen comprando al almacenero que subió 10% las galletitas, es porque saben que eso es normal, que están en una economía inflacionaria y que no se trata de una estafa del comerciante.

Cuando un aumento de precios no reduce las cantidades demandadas de un producto, es porque no está siendo interpretado por los consumidores como un encarecimiento de ese producto en relación a otros, sino como la consecuencia de una suba general de precios.

¿Subieron realmente el dólar, o las naftas? ¿o subió todo más o menos en la misma proporción?


¿Como se forman las expectativas?


Esto, por supuesto, no quiere decir que la inflación sea culpa de la gente, que sufre algún tipo de enfermedad mental, por la que convalida los aumentos.

Las expectativas no nacen de un repollo. Si la gente percibiera un mayor compromiso del gobierno, o si el Congreso prohibiera que el Banco Central financie al Tesoro, probablemente, todos esperarían menos inflación, remarcarían menos, y, por lo tanto, dada la tasa fijada por la autoridad monetaria, demandarían genuinamente menos dinero para hacer transacciones, pero más billetes para atesorar.

Es obvio que los aumentos pasados también influyen en las expectativas de aumentos futuros. Si el gobierno hiciera hoy un último tarifazo, de una vez y para siempre, eliminando por completo todos los subsidios a los servicios públicos, no sería lógico esperar que la moneda siga perdiendo valor el mes que viene, y el otro.

Lo mismo ocurre con la demanda de dólares; si la gente supiera que el billete verde no va a volver a subir, pocos pondrían sus ahorros en esa moneda.

El problema es que como ocurre en la psicología, ante la falta de evidencia de un cambio hacia futuro, la mejor expectativa sobre el comportamiento de una variable, es que repita el comportamiento pasado.

¿Cómo se quiebran las expectativas?


Para romper el círculo vicioso, necesitamos cambiar el chip en la cabeza de los actores económicos.  Ayudaría mucho que el gobierno transmita un cambio de régimen, con un compromiso de eliminar el financiamiento del déficit por parte del Banco Central y que dé certidumbre de tarifas hacia delante.

La comunicación aquí también es muy importante; el Banco Central no debería comprometerse a una meta cuyo cumplimiento no esté dispuesto a garantizar, cueste lo que le cueste en materia de tasas.

En este sentido, el giro desde un control del precios (tasas) a un control de agregados (emisión), podría ser la tecnología de compromiso necesaria para que los actores de la economía esperen una inflación consistente con ese anuncio de emisión futura y formen sus precios hacia delante, pensando que esa será realmente la inflación.

Una vez que los precios se formaron, el shock inflacionario ya ocurrió en la realidad, pero el proceso de formación de los nuevos precios depende en un 100% de las expectativas de inflación futuras, que, por ahora, están en la mente de los actores.

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