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Opinión

Encontrarle sentido al trabajo

Si hay un momento que nuestra sociedad habilita para preguntarse sobre la propia vocación son los diecisiete años. Hay una especie de mandato social (y un sistema educativo que lo legitima) de que a esa edad debe estar resuelta la vocación. ¡Nada menos que la vocación, que es la inclinación por un interés tan convocante que es como un llamado divino! Según este mandato, con la vocación identificada ya se puede decidir qué estudiar, como primer paso de un camino laboral a seguir.


Pero a los diecisiete –fin del secundario, principio de no se sabe bien qué– pocos chicos encaran la cuestión con seguridad; la mayoría, en cambio, lo hace con otro tipo de actitudes, que van de la desesperación a la apatía. Y los que encaran con seguridad, no es que están salvados: probablemente esa sensación se derrumbe con las primeras materias o a la hora de salir a aplicar en el mundo laboral aquello que estudiaron.


Y así empieza en muchas personas un derrotero arduo, que tal vez dure toda la vida, en el que no terminan de responderse cuál es su vocación, o lo logran y ven que está lejos de aquello a lo que se terminaron dedicando. Pero ese devaneo da por sentado algo que debería ser puesto en remojo, y es la idea de que todos tenemos “la” vocación. Ese “la” refiere a una vocación única y para siempre. Pensemos entonces a cuántas personas conocemos que hayan tenido algo así como “la” vocación. Probablemente sean más quienes no tienen una vocación en particular, o tienen varias en una misma etapa, o tienen una vocación primero y otra después.


La vocación, entonces, es para muchos un término demasiado lejano. Hay otra pregunta que podemos hacernos, igualmente profunda pero que tal vez ayuda más y está centrada en el aquí y ahora (un ahora no del instante sino referido a la etapa de la vida en que uno se encuentra). Esa pregunta es: ¿Para qué hago lo que hago? Se trata de encontrar el sentido al trabajo que uno hace. Ese sentido seguramente va variando a lo largo del tiempo, y tiene varios componentes. Algunos de ellos pueden ser lograr un sustento económico, aprender, estar en un entorno afín, dejar huella.


Algunos componentes del sentido del trabajo que uno hace tienen más relevancia que otros. Hay uno que seguramente podemos detectar como fundamental, que está ligado de manera íntima a quien estamos siendo en esta etapa. A ese componente podemos llamarlo “esencia”. Un trabajo que habilite nuestra esencia adquiere mayor sentido; el que no la habilite o lo coarte, tenderá a marchitarnos. La esencia es como el aire, el agua y el alimento que nos permite vivir en el mundo laboral.


Para unos la esencia es la libertad. Una persona que necesita disponer de sus tiempos para trabajar mejor (responderá mails a la madrugada y dormirá luego hasta media mañana) se marchitaría en una oficina en la que cada día tenga que fichar su ingreso y salida. Para otros, la esencia es sanar etapas anteriores. Un ingeniero que tuvo un alto costo personal abordando grandes obras ahora decide sólo dedicarse a obras pequeñas, con menos actores y variables en juego, respetando la esencia de esta etapa. Hay gente para la cual la articulación con otros es lo central. Hay personas que necesitan un trabajo de mayor recogimiento y otras, de mayor exposición. Unas, mayor estabilidad; otras, aventuras. A veces no se trata entonces de la vocación, o solo de la vocación, sino de respetar la esencia y buscar un trabajo donde desplegarla. Una esencia que puede ir variando con el tiempo, y que puede ser una o varias.


* Mercedes Korin es asesora en desarrollo profesional, creadora del enfoque Modo Delta para procesos de cambio y toma de decisión en el ámbito laboral.

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