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Especial de la Semana

El algoritmo mental para votar el 22 de octubre en Buenos Aires

Por Alejandro Fidias Fabri

¿Cambiemos o Unidad Ciudadana o 1País? ¿Bullrich-González o Cristina Kirchner-Taiana o Massa-Stolbizer? Veremos. La argumentación postelectoral de toda contienda electoral resulta un lugar común: razones puramente económicas (“la gente votó con la billetera”, “it’s the economy, stupid”, “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”), teóricos políticos que lo adjudican a determinada construcción de poder (“apego libidinal fantasmático”, “construcción amigo-enemigo”, etc.), comentadores políticos simplistas (“choripán”, exceso o ausencia de carisma, “no roban”, “roban pero hacen”), políticos y académicos que lo adjudican a un tema moral (“valores y conciencia de cada uno”), y a un variopinto espectro de puntos de vista. Todos tienen razón y ninguno tiene razón. La toma de decisiones es un proceso complejo, aún en el momento íntimo del cuarto oscuro.

Según Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía especializado en economía conductual, visto que nuestros recursos cognitivos son limitados, priorizamos los temas sobre los cuales tenemos que tomar decisiones de acuerdo a la valuación que le damos en nuestra vida y, consecuentemente intentamos darle a los relevantes la mayor atención para una resolución lo más racional posible y, a los restantes les damos solución a través de “atajos” cognitivos o heurísticos. Para este premiado, muchas de nuestras decisiones cotidianas se basan en creencias relacionadas a las probabilidades de eventos inciertos, tales como el resultado de una elección (sufragio). 

En general, votamos por el candidato que creemos que mejor representa nuestros intereses (no sólo de billetera, sino de todo tipo). Este acto, que parece simple, definitivamente no lo es. El proceso cognitivo de cada votante para llegar quizá a una misma conclusión, es totalmente diverso. Digamos que aunque el resultado pueda ser el mismo, difirió el algoritmo de resolución que cada uno utilizó, y también difirieron las valuaciones y probabilidades que cada uno le adjudicó a cada valor o disvalor del candidato o partido. Law y Redlawsk, profesores de ciencias políticas, definieron que el voto correcto se “refiere a la probabilidad que los ciudadanos, aún bajo condiciones incompletas de información, voten por el candidato o partido que hubieran votado si hubieran tenido la información completa de esos mismos candidatos y/o partidos”. Aquí tenemos ya el principal escollo: jamás tendremos la información completa, y sólo el tiempo nos dirá si nuestro voto fue correcto. Otro, será el grado de expertise de cada ciudadano con respecto a los acontecimientos políticos, al conocimiento de la ciencia y la filosofía política, y  a la prioridad que cada uno le pueda dar dentro de la totalidad de temas que debe abarcar en su propia vida. A su vez, por tratarse de resoluciones masivas (voto universal), habrá una tendencia a la economía cognitiva, a no analizar mucho la decisión y a aplicar heurísticas simplificadas y efectivas. Las heurísticas posibles serán varias. 

Pero… ¿qué es heurística? Kahneman define a la heurística judicativa como la estrategia, deliberada o no, que se basa en una valoración natural para producir una  predicción. Agrega que “una de las manifestaciones de la heurística es la negación relativa de otras consideraciones”. Por ejemplo, si sólo disponemos del spot de campaña como información para emitir un juicio sobre Esteban Bullrich como candidato, la heurística será el proceso de asociaciones que cada uno realiza con valoraciones basadas en la información con que contamos, el peso que le damos a esa información y nuestro propio acervo personal de prejuicios para concluir sobre el desempeño que tendría si llegara a ser senador de la Provincia de Buenos Aires. Y ese juicio será para nosotros una “verdad” que lo incluirá o lo descartará. Este sería un caso de lo que se llama “economía cognitiva” (si bien no hizo falta aplicar mucho tiempo ni energía para tomar esta decisión, y está sustentada por subjetividades y prejuicios personales, parece una decisión racional). No nos interesa mayor racionalidad, con la apariencia es suficiente.

Podemos entonces comprender el dolor de cabeza de las encuestadoras: ¿Cuál es el algoritmo mental que utilizan los votantes para elegir a su candidato? Y por lo visto, el motivo no solo no es único sino que es demasiado complejo. Y para este próximo domingo 22, solo nos queda desearles buenas heurísticas!

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